Cuerno Nueva York
El mes pasado marcó el cierre de Fashion Week para las cuatro capitales de la moda: Nueva York, Londres, Milán y París. Y aunque la conversación global de la moda continúa evolucionando, las “Big Four” dejaron una huella clara para la temporada Otoño-Invierno 26. Un estilo que se hizo notar de forma consistente en las pasarelas fueron las hombreras marcadas. Desde Calvin Klein en Nueva York hasta Chanel en París, este look cruzó fronteras para consolidarse como protagonista en la moda actual, tal como lo fue décadas atrás.
Las hombreras de hoy son un guiño a los años 80, un tiempo donde por cada esquina paseaban mujeres con hombros exagerados que demandaban atención. ¿Pero por qué surgió esta silueta en esos tiempos y qué comunica?
Los años 60 y la segunda ola del feminismo abrieron la posibilidad de que las mujeres imaginaran una trayectoria de vida distinta: la profesional. Sin embargo, la mayoría de trabajos disponibles para ellas no eran de mucho prestigio. Con el tiempo esta realidad se transformó y, en los años 80, las mujeres empezaron a llenar oficinas de profesiones dominadas por hombres. Estos nuevos ambientes saturados de códigos masculinos impulsaron a la moda a tomar un papel clave en el proceso de integración. La vestimenta femenina adoptó siluetas masculinizadas, como hombreras definidas que sobresalen en el cuerpo para proyectar autoridad, confianza y competencia. Estas tendencias empezaron a formar parte de un estilo más reconocido en la moda femenina, el power dressing, uno que cruza líneas divisorias de género para proyectar una imagen de poder.
Aunque el power dressing definió la moda de los años 80, su historia puede rastrearse hasta los años 20 con Coco Chanel, quien diseñó el primer traje femenino, compuesto por falda y saco, que liberó al cuerpo femenino del corsé y de las telas pesadas que lo sofocaban y restringían. Chanel fue una figura pionera en desafiar los códigos de género, su filosofía de diseño fue retomada por muchos otros creativos que redefinieron el acto de vestir.
“Le Smoking” de Yves Saint Laurent, el primer esmoquin femenino, reclamó su puesto como ícono del power dressing en 1966. La vestimenta exclusiva para hombres generó escándalo al cambiar de usuario. El conjunto apropió una masculinidad prohibida en mujeres, dejando atrás una huella permanente que se normaliza hasta los años 80, convirtiéndose en estética dominante. Desde principios de la década de los 80, Grace Jones, quien es fotografiada envuelta en un saco Armani en 1981, se convirtió en figura icónica representante de esta nueva moda.
Los años 80 revolucionaron la moda femenina al explorar abiertamente el género, algo previamente restringido, en paralelo con un nuevo tipo de autoridad otorgado por nuevas oportunidades profesionales. La vida de la mujer previa a estos eventos era limitada, por ende, escasa en poder. La autoridad pertenecía a los hombres, lo que llevó a la moda femenina a adornarse de códigos masculinos que hacían eco con los espacios que previamente se les había negado. Hoy, aunque estas oportunidades siguen siendo imperfectas, se han ampliado. Las mujeres han mostrado ser capaces de liderar y ejercer influencia. Esto abre unas preguntas: ¿por qué se sigue expresando el poder exclusivamente a través de códigos masculinos? ¿Es posible redefinir el power dressing bajo un contexto que no busca justificar la presencia de las mujeres en él?
Quizá el siguiente paso no sea continuar atribuyendo códigos a nuestra definición actual de poder, una opresiva manifestada a través del dominio, lo que en primer lugar, llevó a las mujeres a tener que luchar por su liberación. Quizá deberíamos redefinir por completo lo que es el poder con énfasis en empatía, entendiéndolo no como una fuerza que se impone, sino como una que se construye en conjunto, capaz de abrir espacio en lugar de limitarlo.Y, con ello, también transformar la manera en que se viste.
Créditos Imágenes:
Imagen I: vía WSJ
Imagen II-IV: vía Vogue Runway
Imagen V: vía Pinterest
Imagen VI: vía The Style Historian
Imagen VII: via Harper’s BAZAAR
Imagen VIII: via The Economist