Leo Cuéllar

La ilusión de revivir el mundial que lo cambió todo para la moda en México
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En una mañana de viernes que transcurre entre entrenamientos y dos partidos programados ese mismo día, Leonardo Cuéllar encuentra un momento para mirar hacia atrás. Lo hace desde la calma de quien ha vivido distintas etapas dentro del fútbol, pero también desde la claridad de quien reconoce los momentos que marcaron un antes y un después. Entre ellos, el mundial de Argentina de 1978 y la inesperada alianza con Levi’s.

Leo Cuéllar

En su momento, la colaboración no pasó desapercibida. Más bien, todo lo contrario. “No era una marca que patrocinara selecciones”, recuerda. La propuesta rompía con lo establecido en un entorno donde lo tradicional dominaba tanto dentro como fuera de la cancha. Sin embargo, desde la federación existía una intención clara de hacer algo distinto. Algo que no solo vistiera al equipo, sino que también comunicara una nueva identidad.

 

Esa idea, que al inicio generó dudas, terminó encontrando su lugar de forma orgánica. No fue inmediata, pero sí progresiva. A través del diseño, los materiales y una estética poco convencional para la época, la conversación comenzó a cambiar. Lo que primero fue percibido como arriesgado, poco a poco se volvió aceptado —e incluso celebrado. Para los jugadores, el impacto fue tangible desde el primer momento. “Nos sorprendió la calidad”, dice. Las prendas no solo destacaban por su diseño, sino por el nivel de detalle con el que habían sido pensadas. En un mundial atravesado por la lluvia, cada elemento respondía a una necesidad real dentro del juego. “Estábamos completamente equipados”, recuerda. Pero más allá de lo funcional, había una sensación difícil de ignorar: la de estar formando parte de algo distinto.

Esa diferencia también se percibía fuera de la cancha. En una época donde los uniformes seguían una línea mucho más rígida, la propuesta de Levi’s abrió una conversación que conectó especialmente con las generaciones más jóvenes. “Se volvió de colección”, explica. Lo que en su momento parecía romper con lo correcto, hoy puede leerse como una especie de adelanto estético de lo que vendría después.

 

En ese recuerdo distante, Cuéllar reconoce algo más profundo: una marca que no solo entendía el presente, sino que se adelantaba a él. Una forma de pensar el diseño desde la evolución, desde el riesgo. “Sí fue un plus”, dice, al recordar la libertad con la que se atrevieron a intervenir los modelos tradicionales, incluso de forma “agresiva”, en un contexto que pocas veces lo permitía.

 

Dentro del vestidor, esa singularidad también se hacía evidente. En un ritual tan común como el intercambio de playeras al final de los partidos, aquellas camisetas no se soltaban fácilmente. Eran piezas únicas. Hoy, muchas de ellas permanecen resguardadas como parte del archivo histórico del fútbol mexicano.

El mundial de 1978 llegó, además, en un punto particularmente significativo dentro de su trayectoria futbolística. Después de representar a México en los Juegos Panamericanos de Cali de 1971 y en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, su carrera atravesaba un momento de consolidación. A nivel de clubes, venía de ser campeón con Pumas. A nivel personal, de entender cada vez mejor su lugar dentro del juego. “Fue el momento que le dio forma a todo lo que vino después”, resume.

 

Con el paso del tiempo, su relación con el fútbol se transformó, pero nunca se detuvo. Desde el banquillo, encontró una nueva forma de incidir en el juego, ahora al frente del fútbol femenil en México. Lejos de percibirlo como un cambio radical, lo asumió como una evolución natural. “Nunca lo dudé”, dice sobre la invitación de la federación. Más que dirigir, su intención era construir.

 

Ese proceso implicaba algo más profundo que resultados inmediatos. Se trataba de devolver visibilidad, de generar estructura, de sembrar una base que permitiera a nuevas generaciones crecer con mayores oportunidades. En ese sentido, su trabajo no sólo respondió a un momento, sino a una necesidad histórica dentro del fútbol mexicano.

Hoy, al observar el crecimiento de la Liga MX Femenil y la proyección internacional de sus jugadoras, Leonardo Cuéllar reconoce que el camino recorrido comienza a dar frutos. No como un cierre, sino como parte de un proceso que sigue en construcción. Con un nuevo Mundial en el horizonte, su reflexión se aleja de lo técnico y se centra en la experiencia. “Hay que vivirlo al máximo”, dice. Y va más allá: vivirlo en cámara lenta, sintiendo a profundidad la pasión, el carácter y la carga emocional que implica representar a un país.

 

Para Cuéllar, ponerse la camiseta nacional es un privilegio irrepetible que exige entrega total. Desde ahí, reconoce a las nuevas generaciones —especialmente a la selección femenil, que está cerca de un momento decisivo para clasificarse al mundial femenil— y les desea confianza, energía y la capacidad de conectar con todo lo que representa estar ahí. Porque, al final, más allá de las épocas o los cambios en el juego, la emoción de representar a México sigue intacta: una experiencia que trasciende lo deportivo y se convierte en algo mucho más grande.

 

Imágenes Cortesía.