CAMILA SODI

Entre curiosidad y vulnerabilidad, el arte aparece como un abrazo que acompaña la vida.
COMPARTIR

Crear, para Camila Sodi no es una estrategia ni una meta. Es un estado, un lugar al que se llega honrando el camino con curiosidad y permitiendo que la experiencia tome el control. Hoy, ese camino la condujo a ver nacer su primer libro: El pequeño libro del duelo, obra íntima que surge de la necesidad de sanar, transformar y acompañar.

Camila habla de este momento como quien observa algo crecer después de una larga gestación. No desde la prisa, sino desde la gratitud. “Estoy honrando muchísimo mi camino y mi curiosidad, viendo adónde me lleva”, esa curiosidad –honesta, abierta, sin mapas– fue la que la condujo a escribir, y ahora, a presenciar el fruto de ese proceso.

CAMILA SODI

El arte ha sido siempre un eje central en su vida. No como ornamento, sino como forma de ampliación. En cualquiera de sus manifestaciones, representa exponerse a realidades ajenas, a miradas que no son propias.“Estás viendo con los ojos de alguien más”, explica. Para ella, eso es esencial: el arte evita que la mirada se encierre en lo que llama el yoyismo, ese círculo estrecho del yo constante.

Su relación con el arte viene de lejos. Creció rodeada de expresiones creativas: una madre cantante de ópera, doctora en letras y filosofía; un padre editor y lector incansable. Museos, bailes, palabras, escenarios. Camila estudió danza clásica y teatro, y desde muy temprano entendió que el arte no es un lujo, sino una dimensión esencial del ser humano

Las diferentes técnicas, especialmente los libros, funcionan como puertas a otros mundos, otras sensibilidades, otras maneras de habitar la experiencia humana.

Aunque ha explorado múltiples lenguajes (danza, teatro, cuerpo, imagen) la escritura apareció como una consecuencia natural, no como una decisión calculada. Camila no cree en controlar el proceso creativo. Al contrario: al momento de que se deja de intentar dirigirlo, la experiencia encuentra su propio modo de salir. “No tiene tanto que ver con una decisión, sino con dejar que te posea por completo lo que estás haciendo”, comparte. Crear, en ese sentido, es habitar el presente absoluto, sin pretensiones, sin pensar en el alcance, sin imaginar al público. Se crea para transformar una emoción, para atravesarla, para poder existir. Lo demás –la masividad, el reconocimiento– pertenece a otro tiempo y llega como algo extra.

El proceso de escritura de El pequeño libro del duelo fue tan absorbente como revelador. Ella lo platica con humor: días enteros en pijama, encerrada frente al escritorio, bajo la mirada curiosa de sus pequeños. Ahí aparece uno de los conceptos clave del libro: el hiperfoco. Una capacidad que describe como un superpoder, capaz de jugar a favor o, incluso, en contra, que le permite concentrarse con una precisión casi quirúrgica. “Poner la flecha ahí y no soltarla”. Sin embargo, también convive con el TDAH, lo que la lleva a moverse, pausar, distraerse y volver. Es un vaivén constante, humano, real.

Hablar de quiebre, en su caso, no significa señalar un momento específico. El quiebre se encuentra presente antes y durante la creación, pero escribir no fue una sucesión de rupturas, sino la contemplación de una grieta ya existente: asomarse a un abismo que había ocurrido tiempo atrás y observarlo con distancia. “Podría ser que escribí esto como una espectadora de mi propia vida”, reflexiona.

Y, sin embargo, el libro no surge desde el aislamiento. Al contrario: hay una intención clara de acompañar. Camila desea que quien lo lea sienta compañía, menos soledad, una certeza compartida: “Que sientas que estamos todos en el mismo barco y vamos al mismo puerto”. Nos guía con honestidad y agudeza por los rincones de la existencia: los momentos de éxtasis y los de agonía, la necesidad de soltar y, sobre todo, la posibilidad de encontrar calma y celebración incluso en medio de la tormenta. Este ejemplar no es sólo un testimonio, sino un abrazo escrito: una invitación a mirar la vida con atención, a reconocer la fragilidad y la fuerza que coexisten en cada instante y a abrirnos a la humanidad compartida que nos conecta.

Cuando piensa en imágenes o paisajes que acompañen la lectura, no recurre a visualizaciones precisas. Confiesa que le cuesta crear imágenes mentales. Aun así, hay una sensación que regresa: Big Sur. Un mar azul profundo, rocoso, lleno de riscos. Bello, imponente, ligeramente inhóspito. Un lugar que invita a acercarse, aunque no necesariamente a entrar. Hay sol, pero también frío. Una metáfora casi perfecta del duelo: atracción, respeto, contemplación.

¿Existe una Camila antes y después de este libro? Ella prefiere pensar que estamos en constante evolución. Crear transforma, pero compartir transforma aún más. Al abrir este espacio, recibió algo nuevo: una cercanía distinta, una humanidad más suave, un intercambio cargado de empatía y compasión. Abrió una puerta que no sabía que existía. Más que romper ideas, este proceso reafirmó creencias profundas: la importancia de confiar en algo más grande, de mantener la conexión y de no caer –al menos no siempre– en la superficialidad, y, sobre todo, reafirma una certeza: el camino del amor siempre es el correcto. Mirando hacia

adelante, Camila desea algo simple y poderoso: no volverse cínica, conservar la curiosidad y dejar que las cosas sigan maravillándola, incluso las más pequeñas, quiere seguir siendo suave en un mundo que se endurece, tratarse con amor y gracia, y divertirse, porque al final crear –como vivir– también es eso.

Editor en Jefe Johny López @bienfufurufo

Fotografía Izack Morales @izackmr

Director de Moda Edu Espejo @edu.espejo 

MUA Ossiel Ramos Abarca @ossielramosabarca

Hair Julio Maya @juliommaya 

Asistente de Fotografía José Hernández @jose.henar

Asistente de Moda Zandor Ceballos @zandorceballos

 

Agradecemos a Casa Jardín Ortega @ortega.mexico las facilidades otorgadas para el uso de sus instalaciones.