Diego Klein

Sin miedo al límite y con la necesidad de seguir explorando
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Hay momentos en la vida en los que todo parece suceder al mismo tiempo. Los proyectos se enciman, las agendas se vuelven imposibles, las oportunidades aparecen una detrás de otra y, desde afuera, todo parece indicar que no hay razón para detenerse. Pero detrás de esa velocidad existe otra historia: la de aprender a reconocer el cansancio, a disfrutar lo conseguido y, sobre todo, a preguntarse hasta dónde se quiere llegar.

 

Aquí y ahora

 

En un momento de enorme visibilidad, con varios proyectos en puerta, una obra de teatro, una película por filmar en España y una nueva serie a punto de estrenar, podría parecer que vive con la urgencia de quien necesita conquistar algo más. Pero no. Diego habla desde un lugar inesperadamente tranquilo. Después de haber estado muy cerca del burnout por trabajar demasiado, una pausa —casi accidental, pero profundamente necesaria— le permitió volver a mirar su vida desde otro sitio.

 

“Estoy en un gran momento”, dice. Y lo dice sin grandilocuencia, casi como quien reconoce algo que durante mucho tiempo no se permitió decir. Está feliz. Quizá una de las cosas más difíciles de la fama es hacer coincidir la mirada propia con la mirada de los demás. Desde afuera, siempre parece que debería venir algo más grande, algo que confirme el ascenso. Diego, sin embargo, no tiene tanta prisa. “Estoy con los pies muy en la tierra y muy contento”, reflexiona. 

 

La pausa no fue una renuncia ni una agenda que decidió vaciar de golpe. Simplemente coincidió. Incluso durante ese período continuó haciendo teatro, pero la naturaleza del proceso le permitió recuperar algo que los rodajes suelen quitarle: tiempo. Tiempo para su vida, para sus amigos, para entrenar, para descansar. Porque rodar, explica, consume demasiado.

 

Diego empezó muy lejos de la lógica de la industria que hoy lo rodea. Empezó haciendo proyectos muy indie. Estudió teatro en Madrid, en una escuela que recuerda como muy estricta, con una disciplina fuerte y una formación enfocada en un teatro de compañía, político y profundamente relacionado con la lectura y el análisis de las obras.

 

Los primeros siete u ocho años de su carrera ocurrieron en el underground. Proyectos que levantaban entre ellos, obras alternativas, espacios pequeños, lugares cultos y de nicho. Esa etapa, sin embargo, fue una escuela que le dio herramientas que más tarde terminaría llevando consigo al mundo comercial, especialmente cuando llegó a México.

 

Recuerda la impresión que le dio la primera vez que llegó a un set donde había una grúa frente a él, después de haber hecho proyectos con menos producción y equipos más pequeños. La industria, vista desde ahí, adquiere una escala distinta.

 

Pero hay algo de aquella época independiente que todavía extraña, especialmente el origen de las decisiones. En el mundo indie, dice, la hechura viene de otro lugar: de profundizar en aquello que quieres contar sin tantos algoritmos ni estrategias de mercadotecnia. “Existe, antes que nada, una necesidad de contar algo”, reconoce.

 

Lo bonito de lo independiente, para Diego, es su autenticidad: no estar condicionado por el éxito económico. Esa libertad creativa es algo que quiere recuperar, pero ahora desde una posición distinta. No participando en proyectos de otros, sino levantando los propios.

 

De hecho, quiere producir una obra de teatro y trabajar muy duro hasta conseguirlo. Ese es uno de sus grandes objetivos: llegar a un punto de su carrera en el que pueda crear las historias que quiere contar.

 

Por lo pronto, Diego está aprendiendo a elegir sus batallas y proyectos. Por ahora quiere consolidar un nombre. Sus decisiones se basan en el tipo de proyecto, en sus compañeros y en la dirección, pero también en la visibilidad, los tiempos y, fundamentalmente, en el reto que algo pueda representar para él.

Diego Klein

Entre inquietudes creativas y retos

 

Diego se ha movido con agilidad del cine a la televisión, de la televisión al teatro, y cada formato exige algo distinto. Aun dentro de un mismo formato, cada proyecto puede convertirse en un desafío diferente.

 

De hecho, ahora mismo está intentando descubrir cuáles son sus propios límites. Los rodajes comienzan uno detrás de otro, los tiempos se enciman y, si fuera sensato, probablemente cancelaría algo y descansaría. Pero Diego tiene curiosidad y quiere saber hasta dónde puede llegar.

 

Está consciente de que quizá descubrirlo no sea una experiencia agradable. Sin embargo, Diego piensa en los actores como atletas. Él mismo compara el oficio con el ejercicio y reconoce que le habría gustado ser un atleta de alto rendimiento. Los grandes atletas, piensa, llevan sus cuerpos y sus capacidades muy lejos, por lo que los grandes actores también parecen explorar profundamente sus propios límites.

 

En una época en la que la conversación alrededor del bienestar gira constantemente en torno al autocuidado, las horas de sueño, la salud mental y la responsabilidad de reconocer cuándo detenerse, Diego plantea una mirada distinta. No rechaza el cuidado, pero tampoco comparte al cien por ciento esa filosofía.

 

Para él, la incomodidad también contiene información y el malestar puede revelar cosas de uno mismo que no aparecen cuando todo está bien. “Ponerse ahí, en ese borde, puede permitir descubrir: hasta aquí llegué; esto me detona aquello; esto puedo soportarlo; esto ya no. Después viene la decisión: trabajarlo, ampliar el límite o reconocer que hasta ahí”, explica.

 

Esa misma exploración sucede en sus personajes. Todos, asegura, le sirven de alguna manera como catarsis. El problema sucede ahora que tiene tres al mismo tiempo: está haciendo teatro, en una semana se va a España a grabar una película y, mientras tanto, ya tiene que preparar la serie que comienza en octubre.

 

Los tres personajes pertenecen a géneros diferentes. Son opuestos. Por ejemplo, el personaje de la obra El método Grönholm es el que más le está costando por su complejidad.

 

“Es un hombre que ha construido una coraza ideológica. Un hombre que piensa que los hombres no lloran, que necesita demostrar fortaleza. Al mismo tiempo, sostiene una ideología profundamente violenta: fascista, homofóbica, transfóbica. Pero debajo de todo eso hay vulnerabilidad, una vulnerabilidad enorme y una imposibilidad de comunicarse que resulta casi brutal. Interpretarlo me está costando muchísimo”, nos confiesa.

 

La obra funciona, al personaje le va muy bien, recibe aplausos y reconocimiento, pero Diego sale del teatro con una sensación extraña. “No es que se quede en personaje. Es algo más difícil de nombrar”, explica.

 

Diego se reconoce como una persona que, en general, quiere caer bien. Alguien ameno, alguien que busca hacer sentir cómodos a los demás. Este personaje es lo contrario. No tiene miedo de llevar los límites hasta donde sea necesario. Y, paradójicamente, debajo de esa agresividad se siente pequeño. Así que, después de la función, Diego también se siente pequeño.

 

“Y eso también es parte del oficio”, nos confiesa. “No todos los procesos tienen que ser bonitos. No todas las experiencias tienen que producir buenas sensaciones para terminar siendo buenas a largo plazo. Quizá ahí esté una de las partes más difíciles de ser actor: aceptar que atravesar algo incómodo también puede ser una forma de crecimiento”, concluye.

 

Fuera del escenario existe otra forma de exploración que poco a poco se ha convertido en parte de su identidad: la moda. Diego reconoce que su acercamiento al mundo del estilo llegó un poco por sorpresa. No sabía lo bonito ni lo auténtico que podía ser expresarse a través de la ropa, pero ha ido aprendiendo.

 

“He tenido la suerte de colaborar con stylists y con personas profundamente involucradas en la moda. Poco a poco he entrado a ese nicho y descubrí que quería jugar también”, pues para él es un espacio donde puede experimentar, probar, equivocarse, encontrar una esencia y decidir hacia dónde llevarla.

 

La actuación es creatividad, por supuesto. El estilo también. Y ahora aparece otro territorio que lleva años esperando: la música. Aparte de su plan de producir o impulsar sus propias obras de teatro, la música es otra inquietud artística que pretende desarrollar.

 

“Mi padre es músico y yo compongo canciones desde los 13 años. Antes de ser actor, en cierta manera, era músico. Nunca estudié formalmente en una escuela, pero comencé a tocar la guitarra desde muy pequeño y a componer desde entonces”, nos comparte.

 

“Crecí escuchando música de los sesenta y setenta: The Beatles, Bee Gees; después llegaron Radiohead y Guns N’ Roses. Me gusta Phoenix. En México, Zoé es importante. También disfruto de las baladas y, sin ningún pudor, hasta las canciones de Disney”.

 

La música quedó un poco al lado cuando la actuación empezó a ocupar más espacio, pero nunca desapareció. Y si algún día entra de lleno a la música, será porque tiene algo que contar verdaderamente. Además, ahora tiene cerca a personas que admira dentro de ese gremio y empieza a preguntarse qué podría hacer con ellas.

De ahora en adelante 

El 7 de septiembre estrena Colisión, una apuesta gigante de HBO Max, por lo que le emociona, pero sobre todo por la sensación de que hay una plataforma creyendo en él: una producción a la que están colocando por todos lados, invirtiendo muchísimo porque confían en la historia.


Después vendrá Bilbao. Se irá a España a grabar una película en la que su novia es la protagonista junto a él. Es una comedia romántica y, por si la historia no fuera suficientemente atractiva, está el hecho de vivirla en aquella ciudad junto a ella, mientras su familia viaja para visitarlos unos días.


La experiencia completa le parece preciosa. Después regresará para comenzar una serie muy grande. Sobre ella solo puede adelantar una cosa: es “medio sexualona”. Por eso tiene que ponerse en forma. Eso, admite, le preocupa más de lo que le entusiasma.


Y quizá sea precisamente esa mezcla la que mejor describe el momento que está viviendo: entusiasmo y cansancio, curiosidad y prudencia, ambición y agradecimiento. La necesidad de probarse sin perder de vista que algún día tendrá que ser más selectivo.


Rumbo al final de nuestra conversación, después de las fotografías que construimos para esta portada, Diego habla del shooting con una emoción distinta.


“Este tipo de sesiones son de mis cosas favoritas en el mundo. Me gusta salir de lo convencional y entrar en el mundo del arte”, confiesa y nos halaga. Para él, lo que acabamos de hacer fue una especie de juego: actuación mezclada con la mirada de Percha, con el gusto en la fotografía y una estética particular.


Por eso, cuando piensa en estas fotografías dentro de diez años, no imagina necesariamente una versión más famosa de sí mismo. Piensa en algo más sencillo y, quizá, más importante: “Cuando las vea en diez años, será de las portadas que más me vayan a gustar”, dice. “Porque diré: tiene algo diferente”.


Y tal vez esa frase termine siendo la mejor manera de entender a Diego en este momento: alguien que no quiere quedarse quieto, pero tampoco necesita correr hacia un lugar que todavía no existe. Alguien que encuentra en la incomodidad una forma de conocerse, en el arte una forma de jugar y en el trabajo una manera de seguir descubriendo hasta dónde puede llegar.

Por ahora, el límite sigue abierto.

 

Editor en Jefe Johny López @bienfufurufo 

Fotografía Pol Rodríguez @the.polf

Director de Moda Edu Espejo @edu.espejo 

Grooming Alexis Rodríguez @aleromua para Hot Tools Latam @hottoolslatam

Arte Adriana Luna @adrivluna

Asistente de Foto Aurora Clementini @auroraclementini
Corrección y Estilo por Juan Ramón Hernández.

 

Intervención Gráfica por Brooke Keogh @_brukha