Jay & Javier de la Cueva.
A dos pianos: Un concierto íntimo para recordar
Hay conciertos que permanecen en la memoria por su repertorio y otros que lo hacen por aquello que ocurre entre las personas sobre el escenario. La noche del pasado 28 de junio, en el Polyforum Siqueiros, Jay de la Cueva y su padre, Javier de la Cueva, ofrecieron una presentación que difícilmente podría repetirse. Bajo la premisa de la improvisación, ambos construyeron una velada donde las partituras cedieron espacio a la intuición, la memoria y a una conversación musical que llevaba décadas gestándose.
Más que un recital a dos pianos, fue un encuentro entre padre e hijo; un homenaje compartido a la música que los ha acompañado desde siempre y al vínculo que continúa fortaleciéndose cada vez que vuelven a sentarse frente a un teclado. La espontaneidad marcó el rumbo de la noche y convirtió el concierto en una experiencia auténtica, íntima e irrepetible, donde cada silencio y cada nota parecían descubrirse en tiempo real.
Inocencia experimental
Con una trayectoria que podemos rastrear desde mediados de los noventa, Jay de la Cueva se ha consolidado como un músico en toda la extensión de la palabra. Durante este tiempo, confesó en entrevista para Percha que, pese a pasar tantos años dentro de la industria musical, aún conserva la inocencia que alimenta sus ganas por seguir experimentando.
“Creo que viene de mi mamá, es un recordatorio al niño que fui. Creo que hay mucha corrupción en la industria, no estoy señalándolo, pero hay ciertas cosas que para mí funcionan como un recordatorio porque lo estoy buscando todo el tiempo. Este concierto es un recordatorio del niño que está emocionado con salir a tocar y compartir la música.”
Y esa idea terminó materializándose sobre el escenario. Tal como Jay nos adelantó días antes de la presentación, nadie sabía exactamente qué iba a suceder aquella noche. La improvisación no fue un recurso escénico, sino el corazón del proyecto. Padre e hijo fueron construyendo el concierto desde la escucha mutua y la confianza, permitiéndose descubrir el camino mientras avanzaban. El resultado fue una presentación profundamente honesta, donde la emoción parecía imponerse a cualquier estructura previamente diseñada.
En la vida de Jay, el piano ha estado presente desde sus primeros días. Cuando nació, su padre rentaba un piano vertical en la casa donde creció, en Coyoacán. Ahí aprendió a tocar la batería y ahí mismo Javier tuvo la paciencia y la generosidad de compartirle el lenguaje de la música.
“Gracias a eso yo me convertí en un músico porque yo lo decidí; él tuvo la paciencia y el tiempo, pero fue mi decisión dedicarme a esto. Ha sido un camino muy lindo, con cosas bellísimas y otras incómodas, pero al final todo lo que hasta hoy he podido hacer es una forma en la que yo me he relacionado con el mundo, y fue gracias a este señor, gracias a Javier.”
Por esa razón, este concierto representó también una forma de honrar su historia compartida. Más allá del escenario, fue una oportunidad para encontrarse desde dos generaciones distintas, con visiones diferentes sobre la vida, pero unidas por un mismo lenguaje.
“Javier y yo siempre hemos tenido muchos encuentros y desencuentros sobre cómo percibimos la vida, aunque al final comulgamos mucho en otras cosas. Lo que está intacto y nunca se prostituyó, afortunadamente, es la música.”
Quizá ese fue uno de los momentos más conmovedores de la noche: comprobar que la verdadera protagonista no era la improvisación, sino la conexión entre ambos. La complicidad con la que se escuchaban, sonreían y respondían musicalmente convirtió el concierto en una conversación profundamente humana.
Quizá por eso la filosofía de MIDO, Atesora tu tiempo, encontró aquella noche un significado especialmente íntimo. Porque hay instantes que no necesitan repetirse para permanecer: basta con reconocerlos mientras suceden. Ver a un padre y a un hijo compartir su historia frente a dos pianos nos recordó, también como espectadores, que el verdadero valor del tiempo está en esos momentos capaces de convertirse en memoria.
Un repertorio íntimo y real
Lo que el público presenció aquella noche fue mucho más que un concierto. La propuesta estética dialogó constantemente con la música: dos pianos, uno blanco y otro negro, funcionaron como punto de partida para una experiencia donde la improvisación, los silencios y la sensibilidad compartida construyeron una narrativa propia.
“Pensamos en este lugar que es una cosa espectacular y ahí hay dos pianos: uno blanco y otro negro, entonces ahí también se habla mucho a un nivel más profundo de las cosas.”
La presentación reunió canciones que han acompañado a ambos durante distintos momentos de su vida. Algunas pertenecían al universo creativo de Jay; otras formaban parte del repertorio con el que creció escuchando a su padre, además de composiciones que representan un punto de encuentro entre ambos.
“Yo acompañaba a mi papá a musicalizar cine mudo y yo dormía en el piano o escuchaba las canciones. Todo eso está en mi corazón, en mi mente, y lo queremos compartir.”
Entre ellas apareció incluso una canción de Elvis Presley, una de las primeras que Jay aprendió a tocar y que adquirió un significado especial al ser interpretada, por primera vez, en este formato.
“Nunca lo habíamos hecho. Siempre ha habido un piano en casa; alguien estaba listo para escuchar, el otro tocando o a veces tocábamos a cuatro manos, pero tener dos pianos y estar de frente me hace muchísima ilusión.”
Para Javier de la Cueva, la noche también representó un homenaje familiar. Con emoción recordó a la madre de Jay y a su propia madre, figuras fundamentales en la historia musical de la familia.
“Tengo que darle crédito a la mamá de Jay, que hizo a bien soportarme muchos años y amarme, igual yo a ella, y a quien extrañamos mucho. También a mi mami, que es la originaria de la musicalidad de ambos, porque ella fue pianista de concierto, aunque también tocaba música popular. No se hubiera ofendido si nos viera tocando rock and roll.”
Al final, la mayor virtud del concierto no fue la perfección técnica ni la complejidad de las piezas interpretadas. Fue la honestidad con la que ambos decidieron compartir un espacio construido desde la escucha, el afecto y la improvisación. Durante un par de horas, el Polyforum Siqueiros dejó de ser únicamente un recinto para convertirse en la sala de una casa donde un padre y un hijo hicieron lo que mejor saben hacer: conversar a través de la música.
Porque, al final, aquella noche confirmó algo que Jay nos había dicho antes de subir al escenario: la música sigue siendo ese lugar donde el niño que alguna vez soñó con tocar permanece intacto.
Imagen I: via @jaydelacueva
Imágenes Cortesía.