JOHANA SANINT
La visión detrás de Loto del Sur, donde los ingredientes se convierten en lenguaje
Dentro de una conversación que fluye con la naturalidad de quien ha aprendido a leer el mundo a través de los sentidos, Johana Sanint, fundadora de Loto del Sur, revela algo más que una marca, un universo construido desde la intuición, la memoria y el origen. En este encuentro, su mirada se ancla profundamente en Latinoamérica, donde los ingredientes dejan de ser solo materia para convertirse en lenguaje; elementos que narran, evocan y dan forma a una identidad que trasciende lo sensorial para convertirse en experiencia.
Hay historias que comienzan incluso antes de poder nombrarse. Si miras hacia atrás, ¿en qué momento sientes que Loto del Sur empezó a tomar forma dentro de ti?
Desde muy pequeña entendió que había algo en los rituales que la atraía de forma natural. Recuerda las visitas a tiendas de belleza como momentos de descubrimiento, tomar los productos, leer sus ingredientes con curiosidad y convencer a su mamá de comprarlos, incluso cuando parecían inalcanzables para su edad. Había un disfrute en el uso, en el gesto y en el tiempo dedicado a cada mascarilla o crema. Al mismo tiempo, su infancia transcurría en contacto con la naturaleza, donde la belleza se construía desde otro lugar, cortar una penca de sábila, extraer su cristal, preparar mezclas para la piel o el pelo e invitar a sus amigas a compartir estos rituales. En ese cruce entre la fascinación por el mundo de la belleza, el vínculo con las plantas y el deseo de compartir con otros, comenzó a tomar forma, casi sin nombrarse aún, lo que hoy es Loto del Sur.
Tu abuelo te enseñó a oler como quien aprende a leer el mundo. Hoy, ¿qué tipo de historias sigues buscando o construyendo a través de los aromas?
A través de los aromas y los ingredientes sigue construyendo historias que parten de un mismo origen, Latinoamérica. Le interesa contar aquello que invita a redescubrir lo propio, a mirar de nuevo lo que muchas veces pasa desapercibido. Desde ahí, cada creación se convierte en una puerta, una forma de despertar curiosidad. Lo explica a través de Exlibris, una colección de velas que traduce fragmentos literarios en experiencias olfativas, donde un pasaje de Cien años de soledad puede transformarse en aroma y, a su vez, provocar el deseo de volver al libro, de preguntarse si ese olor también habita en la memoria de quien lo lee.
Pero también están los ingredientes, esos hallazgos que amplían la narrativa. La flor eléctrica, proveniente del Amazonas, aparece como uno de esos descubrimientos que sorprenden no solo por sus propiedades, sino por lo que representa, una riqueza natural que muchas veces no se nombra lo suficiente. O referencias que nacen de la experiencia, como Chicama, en Perú, conocida por ser la ola más larga del mundo, que aquí inspira una pasta de dientes pensada como una sensación de frescura continua, casi interminable. En cada caso, ya sea desde un lugar, un ingrediente o una memoria, todo se articula como una plataforma para revelar la profundidad y diversidad de la región.
Cada pieza parece sostener una narrativa propia, algo que va más allá del objeto. ¿En qué momento entendiste que no estabas creando productos, sino un universo?
Ese entendimiento llegó cuando el hacer dejó de ser únicamente cosmético y empezó a responder a un propósito más profundo. Recuerda sus inicios desarrollando productos de belleza y bienestar desde lo más esencial, un jabón, una crema para el cuerpo, siempre con una intención clara en el diseño, influenciada por su formación como arquitecta, y con una inclinación natural hacia los ingredientes. Sin embargo, pronto apareció una pregunta que lo transformó todo, cómo hacer algo distinto en un universo donde ya existen propuestas bien diseñadas y con componentes naturales.
La respuesta no estuvo únicamente en el objeto, sino en el significado. Al reconocer la riqueza de Latinoamérica, sus plantas y sus ecosistemas, el proyecto encontró una nueva dimensión. Más que crear productos, se trataba de construir una manera de ver y volver a ver la región, de generar una conexión que despertara orgullo y pertenencia. En ese momento, la marca dejó de ser un conjunto de piezas para convertirse en una plataforma con intención.
Desde ahí, la narrativa cobra un papel central. Entender por qué se hace cada cosa, de dónde viene y qué historia sostiene, es lo que termina por darle sentido al universo.
En el proceso de creación, que muchas veces es invisible, ¿en qué instante reconoces, casi de forma intuitiva, que una pieza ya está lista para existir bajo el nombre de Loto del Sur?
El proceso no responde a una sola lógica. Hay ideas que encuentran su forma casi de inmediato, cuando el ingrediente aparece o incluso la encuentra, o cuando surge desde una necesidad personal. Otras, en cambio, requieren tiempo, prueba y paciencia. Algunas formulaciones se desarrollan en meses, pasando por distintas pruebas donde ella misma se convierte en el primer filtro, seguida de un círculo cercano que opina sin concesiones, afinando cada detalle hasta que algo se siente correcto. Pero también existen procesos más largos, como el desodorante, que tomó cinco años en concretarse, precisamente por el reto de lograr una fórmula botánica que realmente funcione.
En ese vaivén entre lo inmediato y lo prolongado, el punto de llegada no lo define un calendario ni una estrategia comercial, sino una certeza íntima. La pieza está lista cuando cumple con un estándar personal, cuando ella misma la usaría y puede ofrecerla con la tranquilidad de que responde a lo que promete. Más que cumplir con tiempos, se trata de sostener un nivel de exigencia que permita que cada producto no solo exista, sino que se mantenga en el tiempo como algo que realmente vale la pena recomendar.
Si Loto del Sur pudiera habitarse como un recuerdo, como un instante suspendido en el tiempo, ¿cómo se vería y a qué olería?
Se dibuja en dos momentos que invitan a la contemplación, el amanecer y el atardecer, donde la naturaleza marca el ritmo con una calma casi tangible. Por la mañana, la frescura del rocío sobre las hojas y la niebla que desciende suavemente en las montañas crean una sensación de inicio, de pausa antes del movimiento; por la tarde, los colores cálidos del cielo envuelven todo en un cierre lento, casi introspectivo. Es una forma de habitar el tiempo sin prisa, de volver a una sensibilidad más consciente. En aroma, se traduce en la tonka negra del Orinoco, un ingrediente profundo y envolvente que combina notas de piel y cuero con una dulzura acaramelada y vainillada, logrando un equilibrio íntimo que captura esa misma sensación de calma, memoria y conexión.
Imágenes Cortesía.