Cuerno Nueva York
Con la edición número 98 de los premios más esperados del año, dos nombres suenan con fuerza este año: Jacob Elordi y Timothée Chalamet. Los vemos no desde la competencia, sino desde las consolidaciones de 2 grandes carreras actorales. Ambos representan una generación de actores que han sabido transitar de un fenómeno cultural y adolescente al prestigio cinematográfico sin perder su identidad en el camino.
Jacob Elordi: del ícono pop al monstruo trágico
Durante años Jacon fue asociado al bad boy juvenil, desde su salto a la popularidad en The Kissing Both hasta su complejo papel en Euphoria, su presencia siempre marcada por el magnetismo y la intensidad. Pero ahora, en sus últimos proyectos, ha dejado algo claro, ambición más allá del estatus de un heartthrob.
Su nominación a Mejor actor por su papel en Frankenstein confirma este giro. La aclamada reinterpretación de uno de los clásicos literarios apostó por Elordi para darle vida a la criatura – en esta versión menos monstruosa y más existencial- con una interpretación que sostiene silencios largos y miradas contenidas. Sin duda un papel incómodo que exige vulnerabilidad absoluta.
Y por ello es que creemos que se debe su nominación: al riesgo y a la decisión consciente de elegir un personaje que declina cualquier lectura superficial de su carrera, para demostrar la madurez interpretativa de la que es capaz.
Timothée Chalamet: la precisión emocional como sello
Hablar de Timothée Chalamet es hablar de una trayectoria que ha estado ligada al cine de autor. Su participación en Call Me by Your Name marcó un precedente en su carrera, conocimos un actor que es capaz de sostener fragilidad y profundidad emocional frente a la cámara.
Ahora bien, con Marty Supreme, entrega que hoy lo pone nuevamente frente a una nominación como mejor actor, Chalamet reafirma el compromiso que tiene con los personajes complejos. Lo vimos alejado del romanticismo- característico en sus primeros años- para construir un personaje ambiguo, brillante y en algunos momentos incómodo. El trabajo corporal y el dominio de la narración elevaron sin duda la película.
No nos sorprende su nominación, más bien, confirma el resultado de una carrera cuidadosamente curada, con elecciones inteligentes y una disciplina actoral.
Más que una competencia, un momento generacional
Aunque la carrera de ambos es distinta, tanto Elordi como Chalamet tienen algo en común: la transición de estrellas jóvenes a actores con un gran peso dramático dignos de un premio de la academia.
No compiten desde el mismo registro ni desde la misma narrativa profesional. Más allá de la estatuilla lo que vemos en esta edición número 98, es a una generación que toma el escenario principal del cine contemporáneo, una señal de hacia dónde se dirige la industria.
Cada uno debería de ganar por razones propias: Elordi por atreverse a salir y romper con su propia imagen y entregar una increíble interpretación que fue físicamente demandante y emocionalmente cruda. Chalamet, por consolidar una gran trayectoria donde sigue demostrando que el talento que se sostiene merece ser reconocido.
Imágenes vía: pinterest.com